Como nos tiene acostumbrados, esta sección cultural suele tratar los temas más peregrinos. En esta ocasión, daremos comienzo a una –esperemos cuantiosa- serie de investigaciones poéticas sobre autores que brillan en la marginalidad o se arrastran bajo la línea del under.
Como si usted y yo, estimado lector, no fuéramos otra cosa que dos detectives muy atareados, muy despistados -en fin, dos detectives latinoamericanos-, y nuestro caso fuese tan misterioso como evanescente.
La poeta anónima de hoy se hace llamar Linda Kuntz. En realidad, sabemos poco y nada de ella, si bien contamos con algunos datos interesantes, aunque tal vez apócrifos...
Kuntz nació en La Plata, se dice, hace menos de 30 años. Transitó por numerosos empleos menores, entre los que figuran “recepcionista en restaurantes chinos” y “pintora de brocha gorda”. Sobre su iniciación literaria, ella cuenta cierta historia: una noche había peleado con el dueño de su bar predilecto. Sin tener a dónde ir, entró en el último lugar abierto, un cybercafé. Allí trabó amistad con sus únicos habitantes, unos poetas beats del conurbano. Sólo cinco horas de charla literaria y el porvenir de Linda había cambiado para siempre.
Las lecturas que llevaron a Kuntz hasta su propio yo poético van y vienen entre Frank O´Hara, Holly Golightly, William Blake y la honorable dinastía Tang. En cuanto a la temática de sus textos, lo que predomina es la fantasía y los viajes imaginarios, esos mismos que tanto proliferaron en las aventuras de Corto Maltés, a quien nuestra autora dedica un extraño homenaje (lea el final).
Algo interesante es el matiz “intermedio” de la voz de Kuntz. Femenino sin dudas, parece exudar una rara virilidad guerrera. Como si en ella corriera ese legado andrógino que Virginia Woolf hallaba imprescindible en la sensibilidad artística.
Últimamente, Linda se está dedicando a una primera antología. Su título más probable: Poemas de la Mujer Invisible. “En definitiva, perdemos siempre lo mismo, con distintas palabras. Ahí mi concepto de lo invisible”, dijo Kuntz en la última entrevista para el fanzine Buenos días, Sr. Phil.
A esta altura, tanto usted como yo manejaremos al menos una vaga idea (después de todo, sólo somos sombras) de nuestra desconocida y joven poeta del día, Linda Kuntz.
Para adentrarnos un poco más en el territorio del riesgo, como decía Bolaño, saltemos al precipicio de la lectura, sumerjámonos, pero, eso sí, mantengamos los ojos abiertos. Este es el poema “Correspondencia”, publicado en Buenos días, Sr. Phil, año I, nº1 (Cortesía del grupo P.H.I.L.):
Corto Maltés y yo tuvimos algo.
En un festival de rock,
pedimos deseos a las heridas
fugaces, al vidrio de botella
clavado en la tierra y a los
círculos de su aro pirata.
“No puedo evitarlo”, lloraba, y
me sacaba la ropa con los ojos:
“Te conozco desde chica, y sé por qué nunca
vas a crecer...”
Otra vez ebrios nos encontramos en un baño.
¡Barbarella!, dijo.
(Ese día me había teñido de rubio)
En puntas de pie,
hablé de tendencias religiosas y esferas:
Loco, se mordió los dragones del brazo,
y me vomitó un tatuaje en agonía.
Se sacó un mechón de pelo y me miró las manos: “nos
conocimos en un remolino de perros”, sonrió,
y se fugó con mi saliva.
Pobrecito.
Su guitarra TRAASH!
cuando se enojaba, GLAAM!
y tragaba la lluvia
fosforescente.
Para él, soy el ruido en la caída de un ángel.
Pobrecito, Tonto Maltés.
Mijal Bloch
cultura@agenciamp.com.ar
Agencia MP

1 comentario:
henríquez, te puedo oler en el tiempo
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